Al ver lo bien que se llevaban Leonardo y Samantha, de repente empecé a extrañar a Natalia. Era mi única familia, y ahora estaba con Francisco, disfrutando de su compañía, mientras yo solo contaba con que se acordara de mí una vez a la semana.
—¿No te gusta? —Leonardo frunció el ceño nuevamente.
—No, no es eso —Me mordí el labio y sacudí la cabeza.
—Leonardo, te voy a dar un consejo: deja de fruncir el ceño. Te pueden salir arrugas de expresión.
—¿Qué problema hay? —Se notó que se sorprendió un