KIARA
Después de lo que cuento casi veinte minutos, la camioneta se estaciona. Los encapuchados me sacan la tela negra de la cabeza y parpadeo varias veces acostumbrándome a la luz del lugar. El estómago me gruñe porque no he probado bocado desde ayer.
Dos de sus hombres me toman de los brazos bajándome a las malas.
—No voy a escapar —espeto tratando de forcejear, que por sorpréndete que suene me sueltan, pero se siguen manteniendo a mi lado, vigilando que no haga ningún movimiento estúpido.