Extraños otra vez
Richmond caminó hacia el pequeño comedor de la suite. Habló sin mirarla. —Siéntate. Rose se sentó. La mesa ya estaba puesta. Dos platos. El vapor se elevaba de la comida. El aroma a ajo y mantequilla llenaba la habitación.

Le sirvió agua en el vaso. El silencio se hizo tenso. —¿Comes mariscos? —preguntó.

—Sí. —Su respuesta fue casi mecánica. Él asintió y dio el primer bocado. Ella lo imitó. La comida sabía bien, pero tenía el estómago revuelto. Demasiado revuelto.

Él no la miró. Ella observó cómo sostenía el tenedor. Controlado. Preciso. —Parecías tenso antes —preguntó. Ni siquiera sabía por qué intentaba aliviar la tensión.

—Solo necesitaba aire —dijo secamente.

—¿De dónde...? —insistió ella.

Él cortó su plato. —Necesitaba aire. —Ella asintió y miró fijamente su plato. Él volvió a hablar—. Tienes dos trabajos. Apenas duermes. Deberías comer más.

—Dejé de hacerlo en cuanto me lo pediste —respondió ella al instante. Ya era hora de que dejara de mencionar a su otra Jod. Necesitaba que d
P.W. EMBER

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