Katty Benger
Eran ya las ocho de la noche. Había terminado todo. Por lo menos, hoy fue un día triunfante. Desde la partida de Don Marcelo, no he tenido un momento de descanso. Este demonio me trata como si fuera su sirvienta, olvidando que soy su secretaria.
Llegué a casa con la intención de darme un baño relajante y dormir a gusto. Suplicaba al cielo que este demente de las mujeres no me llamara.
Pero parece que es el mismo demonio quien intercepta mis oraciones.
—¡Tiene que ser una broma, Dios