Sintió una corriente subir por su cuerpo. No sabía si llorar, reír, o gritar; había estado solo toda su puta vida, que saber que tenía tres hermosos hijos le causaba una alegría descomunal, pero también estaba ese dolor trasfondo de saber que Eva lo había ocultado.
Miró a Evangelina, que estaba hecha un mar de lágrimas y con lágrimas él en sus ojos, la apuntó con el dedo preguntándole:
—¿Por qué? ¿Por qué Eva? ¿Por qué me ocultaste esto? ¡Me dijiste que eran de Santino, de Santino! —gritó.
—Tení