Unas horribles ganas de llorar embargo a Amber por completo. Se quedó estática al ver a todos ahí reunidos, y no solo eso, la cálida sonrisa que le brindaba la hacía sentir parte de la familia. El primero en acercarse fue Dante, que corrió hasta ella y se apegó de sus piernas.
El corazón de Amber se estrujó enseguida, se agachó a la altura del niño y besó su frente.
—¿Cómo estás, mi pequeño campeón? ¿Me extrañaste? —Dante sonrió abiertamente, y asintió varias veces con la cabeza.
—Mi ángel —sus