La secretaria favorita del jefe
La secretaria favorita del jefe
Por: Cuevasb09
1: Salvar al jefe.

Su jefe había dicho que tendría un anuncio importante para dar, aquella era la razón por la que Massiel y sus demás compañeros se encontraban agrupados en aquella oficina.

Expectación y curiosidad se distinguía en la mirada de todos, en especial de Massiel, que había escuchado un rumor que le había impedido poder concebir un solo instante de paz.

El simple hecho de recordar la seguridad con la que su compañero había dicho aquello y había afirmado que era verdad, dolía en su corazón.

Había intentado poner su mejor rostro, ofrecer la mejor versión de sí misma a los demás, pero algo le decía que había fracasado de manera inquietante.

El decaimiento relucía en cada margen de su rostro, del color de la nieve en su estado más puro, e igual de frío, pero las apariencias, eran demasiado engañosas, si había algo que Massiel no era, era fría, su corazón permanecía cálido de amor, de aquel amor que sentía por su jefe, desde hace tres extensos y tortuosos años había estado enamorada de aquel hombre de mandíbula perfecta, y el rumor que había escuchado, era uno que rompía con sus casi inexistentes oportunidades de llegar a algo con él.

«Nunca podrías estar con alguien como él», le reprochó su cabeza, entre bruscas risas.

—Atención —La mirada de Massiel cayó en su jefe—. Necesito su atención —solicitó el hombre, poco a poco, el murmullo fue disipándose hasta que un silencio absoluto ocupó el lugar.

El silencio era tanto, que Massiel temía que su jefe Emiliano fuese capaz de escuchar los descontrolados latidos de su alarmado corazón.

La mujer, de solo veintitrés años, se acomodó en su asiento, arrojando su rubio cabello hacia un lado mientras su mirada caía en nadie más que en él. Se preguntaba si Emiliano era capaz de percibir el amor en sus pupilas o si él también creía que era solo era una fría muchacha.

—Tenemos una noticia —anunció el padre de Emiliano, ganándose la fugaz mirada de Massiel—. Una muy buena noticia.

Cuando la novia de Emiliano se colocó de pie, el corazón de Massiel empezó a retumbar con fuerza, jugó de manera nerviosa con sus dedos debajo de la mesa y empezó a mover sus labios involuntariamente.

La tristeza fue cobijando su mirada, el abatimiento fue escalando por su garganta, no había que ser demasiado inteligente para saber lo que se aproximaba.

Las ganas de salir de ahí sofocaron a Massiel, pero era la empleada perfecta, no podía cometer eso, aquel comportamiento era poco aceptado para la secretaria favorita del jefe.

—Querida, díselo tú —pidió Emiliano.

De repente, sin motivo aparente, los ojos de Emiliano se deslizaron hacia Massiel, por un instante, un intenso instante que había tenido más vigor que una hora de miradas débiles.

Massiel apretó sus puños cuando fijó su mirada en la prometida de su jefe, no por celos, al menos no completamente por ello, sino porque sabía que ella ni siquiera amaba a Emiliano en absoluto.

Una sonrisa se deslizó por los labios de la novia de Emiliano, Inés.

La expectación recorrió una vez más la mirada de todos, parecían ansiosos por conocer la noticia… todos menos Massiel, quien podía presagiarla, el corazón latía con fuerza en su pecho.

—¡Emiliano y yo nos vamos a casar!

Fue en ese preciso momento en el que el mundo de Massiel se quebró en fragmentos que nunca podrían ser reconstruidos de nuevo.

Murió mil veces allí sentada. La sangre se le convirtió en hielo, el corazón se le disipó en cenizas.

Los aplausos empezaron a llover alrededor de la mujer, quien quedó estática, sintiendo una presión en su pecho. Una y otra vez en su cabeza se repitieron las inmortales palabras de Inés, como si su cabeza buscaba que ella terminara de procesarlas. Fue después de unos instantes de completo silencio y quietud, que Massiel, motivada por el ruido de sus compañeros, empezó a aplaudir también.

"¡Felicidades!"

Solo eso podía ella escuchar.

Fue entre una sonrisa rota que ella se tragó su dolor, aplaudiendo.

—Todavía no tenemos planeado el día, pero sabemos que será pronto, ¿no es cierto, amor? —La mirada de Inés viajó hacia su futuro esposo, que le dedicó un suave asentimiento—. Todos estarán notificados el día de la boda. —Una lluvia de aplausos volvió a resonar, ensordeciendo a Massiel, que se sentía tan incómoda que tuvo que sostenerse a sí misma para evitar salir corriendo de allí y liberar la tensión que la noticia le había generado: su mayor temor se había convertido en una realidad cruda y pronta. Aunque era de esperarse.

Massiel se sintió miserable.

Todas las veces que había percibido los ojos de su jefe sobre ella y que había pensado en algo más, estallaban en su mente, burlándose de ella.

Él nunca había estado interesado en ella, nunca lo estaría. Solo había que observar a Inés, para saber que Massiel carecía de alguna posibilidad.

Un par de palabras más se dijeron, palabras que Massiel se bloqueó para no escuchar, su mirada fija en el suelo permaneció el resto del anuncio, solo consiguió reaccionar cuando todos estaban saliendo, y ella decidió plagiar la acción de sus compañeros, sintiéndose derrotada en una guerra que jamás había tenido la oportunidad de ganar, o siquiera de pelear.

Se colocó de pie, con disposición de irse a la puerta, sosteniendo su pequeño bolso color azul, pero se frenó de manera trémula cuando escuchó como su jefe Emiliano la llamaba.

—Massiel, ven aquí.

Un temblor desde los pies hasta la cabeza se apoderó de la secretaria, quien de manera lenta empezó a girarse hacia su jefe.

Cada vez que él le hablaba, ella se enamoraba un poco más, no le había tomado nada de importancia a aquel hecho hasta la fecha, pero saber que su jefe se casaba, cambiaba por completo la situación, no quería enamorarse de algo tan imposible.

La frialdad cubrió el rostro de Massiel, odiaba mirarlo así, pero aquella había sido la única manera que había encontrado de ocultar lo mucho que lo amaba.

—¿Sí, señor?

—¿Te encuentras bien? —le preguntó el jefe, una vez ambos quedaron cerca. La manera en la que se preocupaba por ella, hacía que Massiel siempre se preguntara: ¿era especial para él? ¿O solo una simple secretaria más? «Eres solo una empleada más». Su sed de amor la había llevado a por años creer que era especial para un hombre millonario con la mente demasiado ocupada como para molestarse en ocupar sus ojos sobre una secretaria sin ningún atributo. El humo de las cenizas de su corazón fue exhalado.

—Sí, claro, s-señor.

Emiliano la miró.

—¿Estás segura?

—Sí, claro, me encuentro bien, señor. Felicidades, por lo d-de… s-su boda, felicidades.

—Muchas gracias, Massiel. —La sonrisa de Emiliano terminó de enloquecerla, tenía que darle fin a aquella conversación antes de seguir hiriendo su propio corazón de aquella manera—. Leí los informes que dejaste sobre mi mesa de trabajo. Perfectos siempre, Massiel. —Él le dedicó una suave sonrisa, Emiliano iba a agregar algo más, pero la voz de Inés, lo interrumpió.

—Amor, tengo que hablar contigo.

Emiliano la miró, regalándole otra sonrisa que rompió la única parte de Massiel que aquel anuncio no había destruido.

—Yo debo irme, señor —avisó Massiel de repente. Los celos, eran una sensación que era ajena a ella, hasta que había cometido el error de enamorarse de alguien que jamás podría corresponderle de alguna forma.

La mujer salió, no esperó respuesta de su jefe, que no estaba acostumbrado al comportamiento tan evasivo de ella. Había sido capaz de ver la tristeza en los ojos de la mujer, pero ¿no sería jamás capaz de ver el amor?

Una presión fuerte en el pecho le indicó a Massiel que fuera al baño.

Una vez allí, se encerró, liberando las lágrimas que la sofocaban desde que se había enterado que él se casaría.

Emiliano había ocupado cada parte de su corazón y él simplemente… se casaría con una mujer a la que ella detestaba.

Perdió la noción del tiempo allí, llorando en el más profundo silencio, pero supuso que había transcurrido demasiado tiempo, pues alguien empezó a tocar la puerta de manera frenética, o tal vez hace rato la tocaba y ella, ensimismada por sus adoloridas cavilaciones, no había conseguido escucharlo.

La mujer secó sus lágrimas, dedicándole una mirada al espejo, sus ojos estaban tan enrojecidos que no sería fácil disimular aquello, pero buscaría la forma de hacerlo, se dijo, rebuscando unos lentes en su bolso.

La persona que tocaba la puerta, lo hizo con más impaciencia.

—¡Ya voy! —chilló Massiel, sabía que no debía encerrarse en el baño de la empresa, de todas formas, aquel sitio era tan poco frecuentado que creyó que allí podía llorar en paz.

Se dirigió a la puerta, abriéndola y encontrándose con la persona que menos anhelaba ver.

—Inés —murmuró con amargura.

—Señora Inés. —La novia de su jefe le dedicó una mirada inescrutable—. ¿Por qué estabas encerrada en el baño? —le cuestionó, mirándola a los ojos, enrojecidos e inflamados—. ¿Estabas llorando? —No era preocupación lo que veía en sus ojos, era más bien, burla.

—No, señorita —le respondió, acomodando su cabello e intentando salir, pero Inés bloqueó la salida.

—Estabas llorando —afirmó la mujer, sin ápice de emoción. Massiel no respondió nada, solo le ofreció su rostro serio, Inés le echó una mirada más, antes de dejarla ir.

Massiel arrojó todo su cabello hacia atrás, caminando con rapidez fuera de allí. Verla de cerca y no poder encontrar en ella un solo defecto fue devastador para Massiel, pero más devastador fue encontrarse a sí misma con esa clase de pensamientos.

Solo cuando se encontraba a unos metros de distancia del baño, fue que consiguió percatarse de que había dejado su bolso en el baño.

Se vio en la obligación de regresar, una vez allí, respiró profundo al encontrar su bolso en exactamente la misma posición en la que lo había dejado. Antes de salir, fue cautivada por una voz familiar.

Era la voz de Inés.

—Ese montón de imbéciles empezaron a aplaudir cuando le dijimos que nos casaríamos. —Los movimientos de Massiel se convirtieron en nada cuando la escuchó decir aquello—. Por supuesto. Emiliano es un estúpido que hará todo lo que su padre le diga. Invité a los empleados por lastima, solo eso. —Una risa resonó en el ambiente—. Mi amor, escúchame bien…

Las gafas de Massiel se cayeron de entre sus manos sudorosas, atrapando la atención de Inés que silenció sus palabras de inmediato.

Antes de que la futura prometida de su jefe abriera la puerta del baño en donde se encontraba, Massiel corrió hacia la puerta y salió de allí, corriendo tan rápido que sus tacones amenazaron con romperse.

Inés salió del baño en donde estaba, había elegido aquel lugar porque creía que era un lugar tan solitario que nadie podría escuchar la conversación que mantenía, pero supo que se equivocaba, o al menos eso creía, pues estaba segura de que alguien estaba allí, escuchándola.

Los ojos de Inés cayeron en unas gafas que se encontraban arrojadas en el suelo. No le tomó demasiado tiempo darse cuenta de que eran las gafas que la secretaria de Emiliano había estado sosteniendo minutos atrás, llevándola a la conclusión de que la persona que había estado allí, escuchándola, se trataba de ella.

Inés apretó las gafas entre sus manos, luego las arrojó al suelo, pisándolas de manera implacable con su rojo tacón.

Caminó fuera del lugar, hasta cruzar por la oficina de Massiel, quien levantó su mirada de hielo.

Las ganas de ir corriendo a donde su jefe y decirle lo que había escuchado, resultaron tortuosas para Massiel, pero las dominó.

¿Y si su jefe no le creía? ¿Y si con decirle aquello, lograba que Emiliano la echara, o peor, la odiara?

No tenía respuesta.

Siempre había querido salvar a su jefe de ella, y las ganas en aquel momento solo crecieron más y más, pero más adelante, ella se percataría de que solo había a una persona por salvar, de que solo había una persona en peligro: ella misma.

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