El río se movía silenciosamente tras ella.
Serena permanecía inmóvil en la orilla, su verdadero rostro oculto bajo la brillante luz de la luna.
Damien la miraba como si el mundo se hubiera desviado de su eje o como si estuviera mirando a un fantasma real.
El silencio denso y silencioso se prolongó demasiado.
—Tú no eres Soren —dijo al fin.
—No —dijo ella, con un tono monótono.
Su voz tembló levemente.
—¿Quién eres?
—Soy… Serena.
El nombre se asentó entre ellos como una piedra arrojada al agua.