El amanecer trajo consigo un frío amargo que se sintió como una bofetada en el rostro. El calor de la batalla aún palpitaba en mi cuerpo, pero con cada paso que daba hacia el campamento, la realidad comenzaba a asentarse. Había ganado, pero la victoria no tenía el sabor dulce que esperaba. Al contrario, cada respiración se sentía pesada, como si un peso invisible me aplastara el pecho.
Los guerreros de mi manada se movían alrededor, atendiendo a los heridos, asegurando el territorio, pero la at