88. No hay margen para el error.
El mundo estalla en un torbellino de sombras y rugidos. No sé qué es esa cosa, pero sé que no pertenece a este lugar. No debería existir.
Las paredes metálicas del complejo gimen como si estuvieran vivas, deformándose bajo una presión invisible. Un chillido desgarrador corta el aire y mi sangre se congela. Rita.
No la veo, pero la siento. Su miedo, su angustia, su desesperación.
—¡RITA! —gruño, luchando con todo lo que tengo para liberarme de Natan.
Él me mantiene sujeto con una fuerza bruta