Luna
La botella de vodka barata ya estaba por la mitad. El mechero de Tatiana pasaba de mano en mano, y el humo se mezclaba con el olor a hierba cortada y fritura de los puestos de la plaza. El lugar no estaba lleno, pero los ojos estaban siempre atentos. Conocíamos cada rostro de allí.
—Este lugar está soso, eh. El vodka malo, el porro flojo… y solo hay hombres feos por aquí —dijo Tatiana.
—Te quejas, pero estás ahí toda arreglada. Si uno de esos feos te mira, le das bola —respondió Heloísa, r