No me esperaba, bajo ninguna circunstancia, que hiciera ese tipo de pregunta tan cruel y directa, y mucho menos que fuera capaz de dudar de mi palabra en un momento tan íntimo y vulnerable como este. Sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua helada en pleno rostro. El sonido rítmico del corazón de mi bebé, que segundos antes llenaba la habitación de magia y esperanza, de pronto pareció quedar ahogado por la pesada atmósfera de sospecha.
Pero claro, la lógica se impuso sobre mi dolor: