MARCUS
Habían pasado cuatro días y Mayla seguía sin salir de la cama. Había caído en un episodio depresivo y yo estaba muy preocupado.
Había intentado que comiera, pero sólo había conseguido pasar unas cucharadas de sopa de champiñones por sus labios y, por mucho que quería rogarle que consumiera el resto, sus ojos llorosos me hicieron cerrar los labios.
No quería estresarla ni hacerle creer que me estaba decepcionando.
Desde que se enteró de la muerte de su madre, me había dado cuenta de lo di