Sus palabras no sonaron a promesa amorosa; sonaron a amenaza. Erika las recibió como lo que eran: odio disfrazado de diversión. La idea de que su resistencia pudiera convertirse en una llave para que él "la poseyera de otra manera" la repugnó, pero encendió en ella una idea: si el precio para recuperar su libertad —para rescatar a Marco— era jugar, tendría que aprender a jugar mejor que él.
—Nunca te perteneceré —dijo con voz que ya no temblaba.
Takeshi sonrió —una curva lenta, fría—, y por un