La viña abandonada parecía un cementerio de huesos secos. Filas de parras muertas se estiraban como costillas quebradas, enredadas con alambres oxidados que gemían cada vez que el viento bajaba desde las colinas. La luna, alta y pálida, colgaba sobre el cielo calabrés como un juez frío que lo veía todo sin pronunciar sentencia. La oscuridad lo devoraba todo, salvo los destellos plateados que nacían del cuchillo en movimiento.
Erika no entrenaba. Erika cazaba a sus propios fantasmas.
Cada respir