Mundo ficciónIniciar sesión
ALESSIA:
Abro los ojos y no lo puedo creer. Estoy atada a una cama por las manos y los pies. ¿Cómo demonios me atraparon? Me pregunto, todavía tratando de recordar lo último que hice. Cuando papá se entere, me hará entrenar el triple de lo que hacía hasta ahora. ¡Maldición! No debí ayudar al tipo bobalicón aquel. Tiene que haber sido él quien drogó mi bebida cuando fui por mi bolso. Alessia, no puede ser que hayas caído como una novata en ese truco. De esta no te salva nadie; adiós a mi viaje. Cuando papá se entere de que me dejé atrapar tan fácil, no me va a dejar ir.
Mi hermano Keneth me va a matar; me lo advirtió, que me portara bien para que papá nos dejara ir a estudiar a la universidad en el extranjero, en Francia para ser exactos. Déjame ver si me puedo escapar sin necesidad de avisar a mis guardias. Humberto y Estefan me lo advirtieron también, que si no les hacía caso a esos chicos nuevos que me pusieron, serían ellos quienes me cuidarían o los tíos Axel y Acher, que no me dejarán ni respirar sola. —¡Suéltame, desgraciado, y te enseñaré lo que es ser un hombre! —le grito al ver aparecer al hombre que me tiene atrapada. Al ver su imagen, me avergüenzo. ¿Cómo dejé que un debilucho como este me atrapara? ¡Ojalá que papá no se entere, o estaré castigada esta vez una eternidad! Y con razón, desde que nací me han estado entrenando: papá, el abuelo, la abuela, mamá, en fin, todos. Mi vida entera es un completo entrenamiento desde que amanece hasta que me acuesto. ¡Y caí en su estúpida trampa! Me lo merezco; esto que me está pasando me lo merezco. Observo todo a mi alrededor. Es una habitación oscura y, por el silencio que escucho, debe ser el sótano de algún lugar lejano fuera de la ciudad. —¡Ja, ja, ja…! ¡La gatita muerde! Al fin despertaste, cariño —habla el tipo acercándose Lo observo ahora bien; es alto, delgado, con grandes espejuelos que esconden unos ojillos que me detallan minuciosamente mientras se saborea. ¡Diantres, estoy metida en serios problemas! Me doy cuenta de que es un sádico. Reconozco esa mirada; no es la primera vez que la veo. ¿En qué diablos estaba pensando cuando quise hacerme la heroína salvadora? No obstante, no le daré a entender que estoy asustada, por lo que sigo vociferando. —¡Gatita tu abuela! ¡Eres un degenerado! —lo insulto con todas mis fuerzas moviéndome en la cama —. ¿Crees que si no me drogas ibas a poder agarrarme? ¡Ya entiendo por qué nadie se te acerca, maniático de los mil demonios! Yo lo hice porque te cogí lástima y mira cómo me pagas el favor. Lo veo sonrojarse; parece dolerle que las mujeres lo menosprecien. Mientras sigo observando todo lo que me rodea, trato de entender dónde me encuentro y encontrar un punto débil por donde escabullirme, aunque primero debo soltarme de esta cama. El tipo se acerca despacio; está furioso, sus fosas nasales se abren y cierran ruidosamente. —¡Sí que eres engreída! Te aseguro que cuando acabe contigo, vas a rogarme para que te vuelva a tener —me dice con una voz siniestra que me da escalofríos, en tono amenazante, todo rojo. Se nota que le ha afectado lo que le dije. Por un momento lo vuelvo a observar, ahora que se acercó a la luz de la bombilla amarillenta. Veo que es un tipo extraño que se mueve nerviosamente de un lugar a otro, organizando diferentes instrumentos. Los he visto antes; papá tiene en el sótano de nuestra casa una gran colección de ellos y, junto al tío Rufo, les dan buen uso. No hay un solo prisionero que no les diga lo que quieren saber cuando son ellos quienes bajan. Ya esto no me gusta para nada. Intento soltarme, pero las esposas están bien apretadas. En fin, que muy a mi pesar y consciente de lo que va a suceder, no me queda más remedio que llamar a mis guardias de seguridad urgente. ¡No quiero que me desfiguren mi hermoso rostro o que me hagan alguna otra cosa! Aunque mamá me ha entrenado en el dolor, no es de mi agrado. Odio ese entrenamiento, suelto el aire y me decido a llamarlos. Es mejor caer en las manos de ellos que en las de este maniático; a lo mejor los convenzo de que no le cuenten nada a mi padre. Muerdo mi última muela, activando el dispositivo de localización que tanto odio. Al momento siento cómo vibra; es la señal de que recibieron mi aviso, estarán aquí en un instante. Entonces, más tranquila de saber que mis guardias de seguridad ya vienen por mí, me río de lo que el tipo me ha dicho. —Ja, ja, ja… ¡Qué ridículo eres! ¿En verdad crees que una mujer se enamora de un tipo que la maltrata? —sigo sonsacando para ganar tiempo —. Si te gusto como dices, ¿por qué no fuiste un verdadero hombre y me ganaste como debe ser? ¡Jamás te rogaré, estúpido! ¡Jamás! —¡Oh, sí lo harás; me rogarás que te haga mía, ya lo verás! —contesta, volviendo a mirarme mientras se coloca unos guantes y sonríe triunfante. —¡Tienes diez minutos para soltarme, antes de que te vuelen la cabeza! —lo amenazo, para ver si me suelta antes de que lleguen mis hombres y me vean atada. ¡Qué vergüenza! Vamos, que soy el dragón dorado, experta en escaparme de las múltiples trampas que me ponen. Es una enorme vergüenza para mí que me vean en este estado. Sobre todo, por el aspecto que tiene mi secuestrador, tan debilucho que con solo un puñetazo lo hubiera derribado, y me dejé atrapar por estúpida. —¡Ja, ja, ja…! —ríe sarcásticamente. —¿Otra vez con lo mismo? ¿No te has cansado de decirlo? —pregunta y me da la espalda—, llevamos seis horas aquí y nadie ha venido, ni siquiera han averiguado en el club. ¡Nadie vendrá por ti; este lugar nunca lo encontrarán! Ah, y tu motocicleta la vendí para piezas de repuesto, así que olvídate de esa idea de que alguien te encuentre. Nunca darán con este lugar. —Ja, ja, ja… qué pena me das, ¡eres patético! —pero es cuando me doy cuenta de que estoy en serios problemas. ¡Seis horas! ¡Cielos, papá me va a matar!






