Fabrizio
—Te ves demasiado tranquilo, amigo. No pareces un hombre que va a jurar amor eterno a su compañera enfrente de todos en pocos minutos —dijo Amelia mientras ajustaba mi corbatín. El señor Giacomo me rodeaba, revisando los últimos detalles de su obra maestra, como él la llamaba: mi traje de boda. Era oscuro, y tenía una condecoración de Su Majestad, y una margarita en la solapa.
—En mi mente, yo le juré amor eterno a ella desde el primer momento en que la vi —respondí. Mi señora resopló.