Fátima, la joven aprendiz a quien Fidelia una vez había golpeado hasta la muerte, se sentó frente a Fidelia esa mañana. Ahora se habían convertido en mejores y verdaderos amigos.
Los dos estaban discutiendo un tema muy serio a puerta cerrada esa mañana. En su conversación se podía imaginar y deducir lo sinceros que eran el uno con el otro. Su jefe, en ese momento, seguía ausente como de costumbre. La mesa que contenía los taparrabos sin coser estaba vacía porque todo ya había sido cosido desde