No me moví, me quedé paralizado con aquellas palabras que seguían repitiéndose en mi mente como una secuencia y no podía dejar de mirar sus ojos. No lo comprendía, como era posible que me hubiera traicionado de aquella manera y que peor aún, no sintiera ni una pisca de remordimiento.
—No es tu hijo —había dicho de repente sin dejar de mirar mis ojos—. En ese viaje, cuando tú estabas tan ocupado como de costumbre y solamente llevaste a Cecily para ser tu accesorio, bebimos de más. Ella estaba de