POV Amatissa
Volvimos a casa y, desde el auto, pude notar cada pequeño gesto de Serafina.
Caminaba con la mirada perdida, los hombros caídos, como si el mundo entero la aplastara. Pero yo no creí ni un segundo en esa tristeza aparente.
Mi instinto me decía que estaba actuando, que cada lágrima fingida, cada suspiro entrecortado, era parte de su intento de manipular la situación. Yo había visto suficientes máscaras en mi vida como para reconocer la suya a kilómetros de distancia.
Llegamos a la ma