Cuando por fin me soltaron, el aire regresó a mis pulmones como una bofetada tardía, brutal.
Aspiré con desesperación, como si hubiera estado a punto de ahogarme, y sentí cómo el pecho me ardía. Mis piernas temblaban, mi cuerpo entero vibraba, no solo por el miedo reciente, sino por una furia antigua, espesa, que me subía desde las entrañas y me quemaba la sangre.
Entonces lo vi.
Estaba ahí, frente a mí. Nicandro. Tan cerca. Tan entero. Tan vivo.
Como si lo peor no hubiese pasado, como si no hub