Cuando por fin me soltaron, el aire regresó a mis pulmones como una bofetada tardía, brutal.
Aspiré con desesperación, como si hubiera estado a punto de ahogarme, y sentí cómo el pecho me ardía. Mis piernas temblaban, mi cuerpo entero vibraba, no solo por el miedo reciente, sino por una furia antigua, espesa, que me subía desde las entrañas y me quemaba la sangre.
Entonces lo vi.
Estaba ahí, frente a mí. Nicandro. Tan cerca. Tan entero. Tan vivo.
Como si lo peor no hubiese pasado, como si no hubiese querido arruinar mi vida, y no me hubiera dejado sola, rota, abandonada en aquel pueblo que aún me perseguía en sueños.
Su sola presencia me devolvió recuerdos que creía enterrados: promesas vacías, noches de espera, el dolor de haber sido dejada atrás sin explicación.
No pensé. No medí consecuencias. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mi mano se alzó sola.
El golpe resonó seco contra su rostro, un sonido áspero que me estremeció hasta los huesos. Fue un estallido contenido durante año