POV Emma
Akron bajó la escalera con paso firme, seguro, como si nada en aquella casa pudiera sacudirlo. Yo, en cambio, sonreí de manera automática, casi mecánica.
No porque estuviera feliz —sería absurdo—, sino porque a veces la sonrisa es la única armadura que te queda cuando el corazón ya está hecho pedazos. Una defensa torpe, pero necesaria. Había aprendido a usarla bien con los años, a colocarla justo cuando más me dolía respirar.
—Felicidades —dije, y me sorprendió que mi voz no temblara—.