—¡Zoé, espera! Solo veníamos a visitarte —intervino Lilia, intentando suavizar la situación—. Sé que parecemos unas chismosas por estar ahí fuera, pero de verdad que no es así. No queríamos molestarte.
Pero las palabras de la niña cayeron en oídos sordos. Zoé parecía estar echando humo por la cabeza, con la mandíbula tan apretada que juraba que sus dientes se rompieron. Y ni hablar de sus ojos, que ardían con intensidad.
—Entren de una vez. Las dos —ordenó con una voz fría, abriendo la puert