Capítulo: Volvernos a ver

POV Gianna

—¿Se conocen? —preguntó Ignacio.

Sentí cómo mi cuerpo se tensaba apenas, una reacción casi imperceptible, pero inevitable.

Antes de que pudiera responder, él lo hizo por mí.

—Soy su… exjefe —dijo con calma, con esa voz grave que parecía deslizarse como una sombra—. ¿No se lo contó, señorita Gianna?

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Ignacio giró hacia mí, buscando confirmación, y yo forcé una sonrisa que no alcanzó a tocar mis ojos.

—Sí… mi exjefe —respondí, intentando que sonara natural, aunque por dentro sentía que algo no estaba bien.

Entonces lo sentí. Su mirada sobre mí.

Kyllian Dixon sostenía un vaso de whisky, observándome con una intensidad que me resultaba incómoda.

—Señor Ignacio —continuó, sin apartar los ojos de mí—. ¿Por qué no viene conmigo y hablamos de negocios reales? Dejemos a las damas disfrutar la noche.

Ignacio sonrió, algo tenso, pero aceptó.

—Claro.

Los vi alejarse juntos, caminando hacia un rincón más apartado del lugar, y no supe explicar por qué, pero una sensación de inquietud comenzó a crecer dentro de mí, como una alarma silenciosa que no lograba ignorar.

Algo no estaba bien.

Me quedé observándolos desde la distancia.

Al principio, la conversación parecía normal, pero poco a poco noté cambios en la expresión de Ignacio, en la rigidez de su postura, en la forma en que sus manos comenzaron a cerrarse en puños, en cómo las venas de su cuello se marcaban con tensión.

Parecía molesto. Frustrado. Incluso… enfadado.

Pero luego, de repente, se calmó. Demasiado rápido.

Como si algo lo hubiera obligado a hacerlo.

En contraste, Kyllian permanecía sereno e imperturbable.

Con esa sonrisa ligera, casi fría, como si nada pudiera afectarlo, como si tuviera el control absoluto de la situación.

Y eso me inquietó más.

Cuando finalmente terminaron de hablar, Ignacio regresó hacia mí, pero ya no era el mismo.

Su expresión estaba cargada.

Sus ojos oscuros.

—Nos vamos —dijo sin más.

No fue una sugerencia. Fue una orden.

Tomó mi mano con firmeza, casi arrastrándome fuera del lugar sin darme tiempo a reaccionar, y Ana apenas logró seguirnos.

El aire frío del estacionamiento me golpeó el rostro, pero no logró disipar la tensión que sentía.

Subimos al auto. El silencio fue inmediato.

—¿Qué pasa, Ignacio? —pregunté, girándome hacia él—. ¿Te dijo algo mi exjefe?

Su mirada se cruzó con la mía por un segundo. Intensa. Pero negó.

—No es nada.

Arrancó el auto.

Y no volvió a decir una palabra.

El trayecto se volvió pesado, incómodo, como si las palabras se hubieran quedado atrapadas entre nosotros sin poder salir, y por más que intenté entender lo que había pasado, no encontré respuestas.

Solo ese silencio. Llegamos primero a mi edificio.

El auto se detuvo.

Ignacio se inclinó y besó mi frente, un gesto que antes me habría parecido tierno, pero que ahora se sentía distante.

—Descansa —dijo.

Asentí. Bajé del auto.

Y los vi irse.

Subí a mi departamento con una sensación extraña, como si algo invisible se hubiera instalado dentro de mí, una inquietud que no sabía nombrar, pero que no podía ignorar.

Entré a mi habitación y me dejé caer en la cama.

Mi corazón latía raro, como si estuviera anticipando algo. Pero no sabía qué.

***

Al día siguiente desperté, mi teléfono sonó, era Ignacio.

—Hola —respondí.

—Voy a verte —dijo, con una energía completamente distinta a la de la noche anterior—. Tengo muy buenas noticias, cariño, pero necesito tu ayuda.

Fruncí el ceño, confundida por el cambio.

—Claro… ven.

Colgué.

Cuando Ignacio llegó, lo noté de inmediato.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Se acercó y besó mi frente.

—Cariño… ya tengo un inversionista.

Mi expresión se iluminó.

—¿En serio? ¿Quién?

Dudó apenas un segundo.

—Es… alguien que no conoces —respondió—. Una socia brillante. Ama tus diseños, ama el proyecto… y está dispuesta a invertir cincuenta millones.

Mi sorpresa fue genuina.

—Eso es increíble…

—Lo sé —dijo rápidamente—. Y hay más.

Sus ojos brillaron con una emoción contenida.

—Podrás trabajar conmigo. Tendrás seguro médico, estabilidad… todo.

Mi corazón se apretó. Eso era justo lo que necesitaba.

—Pero… —añadió.

Fruncí el ceño.

—¿Pero?

—Necesito que me ayudes esta noche —dijo—. El contrato ya está listo, solo hay que llevarlo para firmarlo.

—Claro —respondí—. ¿Por qué no puedes ir tú?

—Tengo una reunión importante con un cliente —explicó—. Y Ana está enferma.

Tomó mis manos.

—Por favor, ayúdame.

Lo miré. Dudé un segundo. Pero asentí.

—Está bien.

Sonrió aliviado.

—Tienes que ir a esta suite de hotel —dijo, entregándome una nota junto con un folder cerrado—. Ahí estará la inversionista.

Miré la dirección.

—¿En un hotel?

—Sí… es un poco especial —respondió con rapidez—. Pero tú sabes de contratos, todo saldrá bien.

Asentí. Volvió a besar mi frente.

Y se fue.

Me quedé mirando el folder en mis manos.

Una oportunidad, una solución. Esto era un nuevo comienzo, el arreglo de mis problemas

***

Esa noche salí.

Elegí ropa formal, intentando dar la mejor impresión posible, aunque por dentro los nervios comenzaban a aparecer sin razón clara.

Llegué puntual. El hotel era lujoso, subí al elevador.

Cada piso que avanzaba hacía que mi pecho se apretara un poco más.

Cuando llegué a la suite, noté algo extraño, la puerta estaba entreabierta. Toqué suavemente.

Nadie respondió. Entré.

La luz era tenue. El ambiente… raro.

Y entonces escuché el sonido.

La puerta se cerró detrás de mí. Me giré de golpe.

Mi corazón se aceleró.

Las luces cambiaron lentamente a un tono escarlata que cubrió toda la habitación, creando una atmósfera inquietante, casi irreal.

Y fue entonces cuando lo vi.

Un hombre sentado en el sofá.

Su silueta relajada y su presencia dominante.

—Hola, Gianna… —dijo con una calma que me heló la sangre—. Nos volvemos a ver.

Mi respiración se detuvo. El miedo me recorrió el cuerpo, porque sabía exactamente quién era: Kyllian Dixon.

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