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Capítulo: Nos volvemos a encontrar

POV Gianna.

Me sacaron de la empresa casi a empujones.

Cuando por fin me soltaron, sentí cómo el aire regresaba a mis pulmones en un suspiro largo, pesado, cargado de frustración. Tenía las manos temblorosas y el pecho apretado, como si algo dentro de mí estuviera a punto de romperse.

Caminé hasta mi auto sin mirar atrás. No quería ver a nadie, no quería escuchar nada más. Solo necesitaba escapar.

Subí, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y me quedé unos segundos inmóvil, con las manos sobre el volante. Intenté ordenar mis pensamientos, pero todos llevaban al mismo lugar… a él.

Kyllian Dixon.

Su nombre resonaba en mi cabeza como un eco incómodo. Apreté los labios, sintiendo una mezcla de enojo y desconcierto.

¿Por qué había actuado así conmigo?

¿Por qué me había tocado de esa manera?

No lo entendía. Y lo peor era que, aunque me enfurecía recordarlo, también me desestabilizaba más de lo que quería admitir.

Negué con la cabeza, molesta conmigo misma, y encendí el auto.

Conduje directo a casa, aferrándome a la idea de que, al cruzar esa puerta, todo volvería a la normalidad.

Pero no fue así.

Apenas entré, me encerré en mi habitación. El silencio me envolvió de inmediato, pesado, casi sofocante. Me dejé caer en la cama y por un momento consideré rendirme… llorar, quedarme ahí sin hacer nada, dejar que todo me aplastara.

Pero no. No podía permitírmelo.

Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo. No era solo yo. Era mi hermanito. Él dependía de mí, de que me mantuviera firme, de que no me derrumbara.

—No voy a caer —murmuré para mí misma.

Me levanté con decisión, tomé mi laptop y me senté en la cama. Abrí mi correo, mi carpeta de documentos… mi currículum. Y comencé.

Empresa tras empresa. Correo tras correo.

Envié solicitudes sin parar, con la esperanza de que al menos una respondiera.

Mis dedos se movían rápido sobre el teclado, como si en cada envío fuera mi futuro lo que estaba en juego.

Porque lo estaba.

Pasó un rato. No sé cuánto exactamente. El tiempo se volvió borroso hasta que el sonido de las notificaciones empezó a romper el silencio.

Al principio sentí un pequeño alivio.

Respuestas. Pero ese alivio no duró.

Abrí el primer mensaje… luego otro… y otro más. Mi estómago se hundió.

Las palabras eran distintas, pero el mensaje era el mismo.

Rechazo. Negativa. Imposible considerar mi perfil.

Fruncí el ceño, confundida, y abrí otro correo. Luego otro. Y otro más.

Hasta que lo entendí. No era coincidencia.

Sentí que la sangre se me iba del rostro.

¡Estaba vetada!

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me levanté de golpe, llevándome una mano a la boca.

Corrí al baño apenas a tiempo antes de inclinarme sobre el lavabo, sintiendo náuseas.

La rabia llegó después.

—¡Maldito! —espeté, apretando los puños.

Sabía perfectamente quién era el responsable: Mi exjefe.

Ese hombre había arruinado mi reputación. Me había cerrado puertas… todas las puertas.

Apoyé las manos en el lavabo, respirando con dificultad, sintiendo cómo la impotencia me quemaba por dentro.

¿Cómo iba a salir de esto?

Esa noche, con el corazón todavía apretado, llamé a Ignacio. Necesitaba escuchar una voz que no estuviera cargada de rechazo o desprecio.

Cuando contestó, apenas pude contenerme.

Le conté todo, excepto sobre el beso, era demasiado vergonzoso.

Mi voz se quebró más de una vez, y odié lo vulnerable que sonaba, pero ya no podía sostenerlo sola.

—¡Cariño, no puede ser! Qué mal… —dijo, su tono cargado de aparente preocupación—. Cálmate, iré por ti. Vamos a encontrar una solución, tú y yo juntos.

Cerré los ojos al escucharlo.

Sus palabras fueron como un pequeño refugio en medio del caos.

Al menos tenía a alguien… ¿no?

***

Más tarde, Ignacio llegó por mí.

Cuando lo vi, intenté recomponerme, limpiando cualquier rastro de debilidad en mi rostro. No quería que me viera rota.

—No te angusties, cariño —me dijo con una sonrisa confiada—. Tengo un plan.

Lo miré con atención, aferrándome a esa esperanza.

—Tú hiciste los diseños de nuestras joyas, ¿recuerdas? —continuó—. Entonces serás mi diseñadora. Ven conmigo y con Ana. Iremos a un club donde haremos networking. Buscaremos un socio para la empresa… y en cuanto la abra oficialmente, te contrataré.

Sentí cómo algo dentro de mí se iluminaba.

No era la solución perfecta… pero era una oportunidad.

—Gracias —susurré, sonriendo con sinceridad.

Me arreglé con esmero.

Cuando salimos, intenté dejar atrás todo lo ocurrido.

Pero no todo iba a ser tan sencillo.

Pasamos por Ana.

En cuanto subió al auto, su mirada hacia mí fue suficiente para notar que no estaba feliz de verme.

La ignoré. No tenía energía para entrar en conflictos innecesarios.

Llegamos al Club de Águilas, y al bajar del auto, sentí cómo los nervios regresaban con fuerza.

Era un lugar elegante. Luces cálidas, música suave, gente importante. Por un instante, dudé si realmente pertenecía ahí. Pero ya estaba dentro.

Ignacio, en cambio, parecía estar en su elemento. Se movía entre las personas con soltura, sonriendo, halagando, estrechando manos.

Hablaba con ejecutivos, con empresarios… con cualquiera que pudiera acercarlo a su objetivo.

Lo observé desde lejos. Sabía que estaba luchando por su sueño.

Y, de alguna forma, también por el mío.

Me quedé a solas con Ana por unos minutos.

Error.

De pronto, sentí cómo su mano se cerraba alrededor de mi brazo con más fuerza de la necesaria.

Giré el rostro hacia ella, sorprendida.

—¿No te cansas de ser un estorbo para Ignacio, Gianna? —escupió en voz baja.

La miré fijamente.

Por un segundo, el impulso fue ignorarla… pero no lo hice, no puedo contenerme mucho, siempre acabo peleando con ella, y no soy de dejarme.

—Pero yo soy la novia, Ana —respondí con calma, aunque mi voz tenía filo—. Tú, ¿qué eres? Ah, sí… la que puso algo de dinero. Quizá sin eso, tú serías el verdadero estorbo.

Sus ojos se encendieron de rabia.

Estaba a punto de responder, lo vi claramente… pero no tuvo oportunidad.

Ignacio regresó, visiblemente emocionado.

—Hay alguien que decidió ser mi socio comercial —anunció—. Es muy poderoso y dicen que es el más rico de Ciudad Costa Azul. Vengan, quiero que lo conozcan.

Mi corazón dio un pequeño salto. Esto era importante.

Sonreí y tomé su brazo, caminando a su lado mientras nos abríamos paso entre la gente.

Sentí la mirada de Ana clavada en mi espalda, cargada de furia.

Pero no le di importancia.

Hasta que lo vi. Todo dentro de mí se congeló.

El aire desapareció.

El mundo pareció detenerse en seco.

Porque el hombre que estaba frente a nosotros… el hombre que estaba a punto de convertirse en el socio de Ignacio… Era él. ¡Kyllian Dixon!

Su mirada se posó directamente en mí, como si hubiera estado esperándome.

Y entonces sonrió, era una sonrisa que juro que vi maligna.

—Señorita Monroy… —dijo con una calma que me estremeció, mientras tenía una copa de vino en sus manos—. Nos volvemos a encontrar.

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