SILVANO.
—Tranquila, pequeña —acaricié la espalda de Karina, quien aún aferra mi camisa, sollozando como un bebé —estoy aquí, ¿no me ves? Ya no llores.
Nos encontramos en su habitación, ya que casi desmayó por alguna razón. O sí sé la razón, y es, obviamente, la impresión que le causó todo esto. Mi repentina aparición cuando todos pensaban que estaba muerto.
—Estás vivo...—sollozó —aún no lo puedo creer, ¿cómo es que tú...
—Primero, deja de llorar, no me gusta verte hacerlo —saqué un pañuelo y