Me desperté temprano cuando Rubí entró en mi habitación y me dio un abrazo, llenándome de besos en las mejillas. Mi pequeña era mi sol, siempre iluminando mis días con su inocencia y amor.
—¡Buenos días, mamá! —exclamó Rubí con una sonrisa radiante.
—¡Buenos días, mi amor! —respondí, acariciando su cabello mientras me levantaba de la cama—. ¿Listos para un delicioso desayuno?
Bajamos juntas a la cocina y allí estaba Regina, ya vestida y preparando algo en la estufa.
—¡Buenos días, chica