Entré a la habitación en silencio, tratando de controlar las lágrimas al ver a mi pequeño Remo, tan frágil y débil en esa cama. Su piel, normalmente llena de color y vida, estaba pálida, y sus ojitos apenas lograban abrirse cuando sintió mi presencia. Me acerqué despacio, temerosa de romperlo en mil pedazos, como si fuera una porcelana delicada.
—Remo, mi amor —le susurré, acariciando suavemente su cabecita—. Perdóname, por favor. No debí haberte dejado solo… No debí dejarte con él. No sabes