La mujer del Cóndor:51. Una última oportunidad.
El dolor en mis muñecas por las ataduras era mínimo comparado con el tormento en mi pecho. La traición, el miedo, la incertidumbre… todo se mezclaba en un remolino que no me dejaba respirar. Me habían arrastrado aquí como si fuera un objeto, y ahora estaba atada en una bodega oscura, con el eco de mis sollozos resonando en las paredes.
Pasó más de una hora, o al menos eso creía. Mis lágrimas habían cesado, pero el ardor en mis ojos y la humedad en mis mejillas no me dejaban olvidar que estaba