No lograba dejar de llorar mientras abrazaba a Remo, mi pequeño. Su cuerpecito no dejaba de temblar, y al tocarlo sentí cómo ardía de fiebre. El terror se apoderaba de mí; mis manos temblaban mientras intentaba calmarlo, aunque mis lágrimas caían sin control. Rubí no paraba de gritar, sus gritos desgarradores llenando la habitación, cuando de repente entraron Raegan y Ricardo.
Ricardo parecía completamente indiferente, su rostro frío, casi molesto por la situación. Raegan, en cambio, se apres