—Elijan, yo seguiré viviendo con Regina... —afirmé, tratando de mantener la calma—. Ella pronto me vendera el departamento. Ya hemos llegado a un acuerdo.
—No digas tonterías —me interrumpió, su mirada fija en mí—. Tú eres mía, mi mujer, y tu lugar es en mi cama.
Su tono era autoritario, y una oleada de enojo y confusión recorrió mi cuerpo. Intenté mantenerme firme.
—Ve a buscar tus pertenencias y las de los niños. Paso por ti a las ocho —sentenció, como si tuviera el control total de la