Raegan Stravos
Me encontraba en el carro, con mi pequeña Rubí entre mis brazos. El sol comenzaba a ponerse, y la luz cálida se filtraba a través de las ventanas, creando un ambiente acogedor. No podía evitar llenarla de besos, cada uno más lleno de amor y ternura que el anterior. Su risa, tan inocente, llenaba el aire, y mi corazón se derretía ante la dulzura de su voz.
—Te extrañé, princesa... —le dije, mi voz suave, llena de una emoción que solo un padre podía sentir.
Ella sonrió, con