Han pasado meses desde que me encuentro en una ciudad lejana de Rusia. Aquí estoy, aislada del mundo, con los mellizos e Iris en un departamento custodiado por hombres que parecen más sombras que personas. Cada rincón de este lugar grita confinamiento; apenas puedo asomarme por las ventanas sin sentir las miradas vigilantes de los guardias. También está la nana, siempre ocupada, siempre vigilante, pero con un aire frío que no invita a confiar.
Nuestra rutina es monótona, casi inhumana. Los em