Sombras y Consecuencias
El calabozo no era más que una pequeña cámara subterránea, de piedra húmeda y aire pesado. La única luz que se filtraba era la de una antorcha lejana, lanzando sombras que se estiraban como dedos sobre el rostro de Gema. Estaba sentada en un banco de madera con las manos esposadas, la ropa sucia con la sangre seca de la pelea y la piel marcada por el forcejeo de la noche anterior. El tiempo pasaba lento, como si cada minuto pesara una eternidad.
No sabía cuánto llevaba a