Jaqueline
Seguí mirando al bebé, un gordito de unos tres meses, con las mejillas rosadas y los ojitos curiosos. Estaba adorable, y el sonido suave de su pequeño balbuceo me hizo sonreír todavía más.
Me acerqué despacio, sonriendo:
—Hola… ¿puedo ayudarte? —pregunté con voz suave.
Ella levantó la mirada. Tenía los ojos claros, hermosos, pero marcados por profundas ojeras. Me devolvió la sonrisa, un poco tímida.
—Ah… gracias… hoy no estoy pudiendo —respondió, riendo bajito, algo perdida entre el b