Cuidado, chica…

Gustavo

Entré al cuarto de Julio César con pasos largos. Cerré la puerta detrás de mí y encaré a mi hermano, que estaba recostado en el sillón, sonriendo con esa calma irritante que siempre había tenido.

—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —dije cruzándome de brazos—. ¡Le indicaste a Livia mi habitación!

Soltó una risa tranquila, como si yo estuviera exagerando.

—Relájate, hermano. Fue solo una broma. No vi nada de malo en eso. Además, la chica es un encanto… y tú has estado bastante gruñón últim
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