El informe del grafólogo llegó a las siete de la mañana.
Lo leí en la cama del hospital mientras Lucas dormía a mi lado y Eli ocupaba la cuna con esa dedicación absoluta al sueño que se estaba convirtiendo en su rasgo distintivo y que, tras doce horas de conocerlo, ya apreciaba profundamente. Lucian estaba en la silla; no había ido a casa, no había dormido en nada que pudiera considerarse sueño, había pasado la noche en ese semidescanso vigilante y particular de un hombre que había decidido que