Era Maximiliano que me alcanzaba en la puerta de la clínica.
Lucía agitado y con las mejillas rojas, su cabello se había despeinado por los estrujones de los guaruras de Adrián.
Su mirada reflejaba pánico y ternura a la vez, lo entendí antes de que hablara. Se sentía culpable.
Solté un suspiro tembloroso y luego le regalé una sonrisa triste.
Él me tomó por los hombros con una desesperación que nunca antes le había visto.
—Pensé que habías tomado un taxi ya. Te sacaron como si fueras basura...