Arya.
—No agotes mi paciencia Maximiliano, admite tu culpa.
Tamara con el rostro rojo por la furia y los puños apretados le lanzaba miradas asesinas.
Vi su respiración agitada por encima de la blusa. Esperaba ver a Max, acobardado, pidiendo disculpas o balbuceando excusas por la paliza que su preciado esposo acababa de recibir.
Él con tal de proteger a Gael era capaz de eso. Pero me equivoqué, dio un paso al frente, la miró con frialdad.
No había rastro de culpa en su rostro; solo desprecio.