Arya.
Él se quedó mudo al verla. El color desapareció de su rostro en un segundo.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí? No me dijiste que venías.
La señora con una sonrisa suave y elegante. Ignoró la sorpresa de su hijo y clavó su mirada en mí.
Había algo en su expresión que me tomó por sorpresa: me miraba con una simpatía genuina, casi maternal.
—Vine a verte, Max. No necesito pedir cita para ver a mi hijo, ¿o sí?
Él reaccionó de inmediato, forzando una sonrisa mecánica mientras daba un paso al frente pa