Adrián es una rata, yo sabía que las consecuencias no se harían esperar.
¿Quién sabe qué le había dicho a su prometida?
Allí estaba ella mirándome con cierto aire de reproche que aunque intentaba disimular no podía.
—Te ves mal, siéntate y tomamos algo fuerte, mientras me cuentas.
Nos acomodamos en el sofá, ella había soltado unas cuantas lágrimas.
Tenía el rímel corrido y se secaba las lágrimas con un pañuelo desechable.
La gran heredera, la hija del dueño, parecía una niña caprichosa a la