POV: Cecilia Hernández
Cuando la enfermera cerró la puerta después de decirme que debía estar lista en diez minutos para bajar, no pude contenerme y le pregunté de qué se trataba.
—Son órdenes del señor —se limitó a responder.
Refunfuñé con rabia. ¿Quién demonios se creía ese hombre para darme órdenes? ¿Acaso pensaba que yo era algún perro faldero, amarrado en su patio, esperando obedecerle?
La furia me quemaba por dentro, pero lo cierto era que no tenía otra opción. Por más que me resistiera,