El camino de regreso a casa fue silencioso. Los niños, cansados por la corrida y aún confundidos por la repentina salida del parque, dormitaban en el asiento trasero mientras el sol descendía lentamente, tiñendo el cielo con tonos anaranjados. Aslin no dijo una palabra. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y sus ojos no dejaban de mirar por los espejos, como si esperara ver aquella figura de nuevo, agazapada entre los árboles o caminando por l