Carttal la abrazó por un largo momento, con fuerza, como si intentara contener el temblor que recorría su cuerpo solo con el calor de su pecho. La habitación estaba sumida en penumbras, apenas iluminada por la tenue luz del pasillo. Desde la planta baja, las voces y risas de los niños llegaban como un eco distante, casi ajeno.
Aslin tenía el rostro hundido en el pecho de su esposo. Escuchaba los latidos de su corazón, firmes, constantes, tan distintos al suyo, que retumbaba desbocado. Carttal l