Después de asegurarme de que Isabella finalmente se había quedado dormida, sentí un alivio momentáneo que me permitió moverme sin tanto ruido. Me levanté despacio, con el cuerpo cansado y el alma rota, y me dirigí hacia mi habitación. No podía perder tiempo, no cuando la vida de mis hijos estaba en juego.
Al llegar, respiré hondo y miré a mi alrededor con cautela. Carttal no estaba en casa. Eso me dio una pequeña luz de esperanza. Si él me veía salir, no me dejaría ir sin pelear, y la última co