Siento cómo la ira y el asco me invaden por completo. Sin poder evitarlo, le estampo una cachetada con fuerza en el rostro.
—Eres una escoria. Nunca vuelvas a intentar tocarme. Entiende que te odio y te desprecio con todo mi corazón —le grito. Alzo la mirada y veo a Arlette descendiendo por las escaleras.
—Mírala a ella, Alexander. Es a quien debes decirle que cumpla con los deberes de una esposa, no a mí —digo con desprecio antes de darme la vuelta y salir por la puerta, dejándolo furioso en