El viaje en el auto continuó, cada segundo se alargaba como si el tiempo se hubiera detenido. El sonido de los sollozos de los niños resonaba en el interior del vehículo, una mezcla de miedo, incertidumbre y tristeza que llenaba cada rincón del auto. Aslin los abrazaba con la fuerza que su cuerpo le permitía, sin saber cómo calmarlos, cómo calmarse a sí misma.
El camino que recorrieron era solitario y oscuro, las luces de la carretera parpadeaban a lo lejos, pero no ofrecían consuelo alguno. La