—¡Alexander! —grité de nuevo, con el pecho ardiendo, los ojos llenos de lágrimas y la garganta hecha un nudo—. ¡Maldito cobarde, da la cara!
Pero no hubo respuesta.
Solo el viento.
Solo el maldito sonido del viento meciéndose entre las hojas, como una burla suave, como si la misma naturaleza quisiera recordarme que él siempre se escondía tras las sombras, dejando migajas de miedo a su paso.
Me quedé allí, en medio de los árboles, respirando con dificultad, sintiendo cómo la rabia se mezclaba co