El jadeo indignado de la joven fue suficiente para hacerlo reír.
—¿Flácidas tetas? —Las cejas de Taly casi se habían unido entre sí del coraje que sintió que le dijera eso—. Ni en sus mejores sueños un anciano decrépito va a volver a tener por caridad unas tetas como las mías entre sus manos. No señor, las mías son cotizadas, que lo sepa y en cuanto a mi trasero al menos mis pompas no son de toalla como las suyas.
—Nadie mejor que un hombre para catar y emitir un juicio —respondió el president