—Felicidades, señorita María Fernanda. Usted es una seria candidata a drogar a mi hijo en caso de que le cause problemas.
Lo miré, incrédula. ¡Solo podía ser una broma!
Claro que debería haberme defendido de inmediato. Pero aquello era tan absurdo que tardé en recomponerme.
—Podría decirle mil cosas, señor…
—Enzo —dijo, con seriedad—. Pero todos aquí sabemos que usted ya sabe mi nombre, ¿verdad?
Entrecerré los ojos, atónita. Ok, en esa parte tenía razón para desconfiar de mí. Realmente debería